Bajo el agua (2011)

Esta novela puede leerse de muchas maneras: como un relato sobre las complejidades e incertidumbres del tránsito de la infancia a la juventud; como una recreación del profundo cambio social que precedió a la transición política en España; como una novela de unos barrios concretos del Madrid de una determinada época; y, también, como un conjunto articulado de relatos cada uno de los cuales tiene vida propia. Probablemente sea todo eso y algo más: aquello que cada lector encuentre al leerla y que el autor ni siquiera sabía que estaba ahí. Al escribirla yo aspiraba básicamente a dos cosas: a reconstruir un determinado clima moral, educativo, ético y estético de un periodo en mi opinión determinante de nuestra historia reciente; y a hacerlo desde el punto de vista de la maduración intelectual y afectiva de unos niños que crecen, aprenden, disfrutan, sufren, aciertan y se equivocan como la mayoría de los niños: a tientas. Es decir, confundiendo aspiraciones y realidad, y el futuro con un cierto tipo de sueños. Como un gran número de primeras novelas esta tiene también algo (o mucho) de autobiográfico por lo que cualquier parecido entre los hechos y los personajes que en ella aparecen y hechos y personajes reales no se debe a una mera coincidencia. Pero se trata de una obra de ficción y como tal debe leerse. La literatura, a diferencia del (buen) periodismo o de la historia (seria), no busca informar o explicar sino evocar; o lo que es lo mismo, desencadenar en el lector un proceso personal e intransferible de apropiación y recreación del personal universo que el autor propone. Aspira a compartir, a dejar huella. Todo lo efímera que se quiera. Pero huella al fin y al cabo. Si en pocos, bien está. Si en muchos, mejor que mejor. Desde luego, yo me daría por satisfecho si esta primera novela mía consigue algo de eso.

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