Dicen que recordar (2003)

“Dicen que recordar es una cosa muy especial, que uno no recuerda lo que quiere sino lo que puede”, murmura una mujer, mientras piensa cómo recordará lo que está viviendo, la enfermedad de su marido, el hospital, el tratamiento, el coma. Es la idea de un relato intenso y breve, quizá uno de los mejores del libro; por ello su autor no sólo opta por titularlo así, como un señuelo que guía las situaciones que encierra, sino que cierra con él una irregular sucesión de tramas, bien escogidas y contadas, aunque no todas igualmente bien resueltas. Un “pero” razonable ante un trabajo entrañable y valiente.
Pilar Castro (El Cultural, 14/07/2005)

El primer cuento completo del que tengo memoria lo terminé en mil novecientos ochenta y siete y fue sobre una bruja gallega.

Me lo sugirió una anécdota, no sé cierta o inventada, que me contó mi secretaria de entonces que era de Cambados y hablaba el castellano con melodía de gaita. A partir de ese creo haber terminado cincuenta más, sin contar los fallidos, los extraviados, o los que, desesperados, esperan recibir una conclusión apropiada. Los primeros doce que intuí presentables los agrupé bajo el título de “Encuentros” y en el otoño de mil novecientos noventa y cinco, viviendo ya en Washington DC, los envié a un par de concursos literararios. Como era previsible no pasó nada.

A ella pertenecen tres cuentos de este libro. La rueda de la fortuna describe un episodio por desgracia bastante común en la Almería que conocí brevemente- y aprendí a amar para siempre – en mil novecientos ochenta y tres. El argumento de Sorpresa es totalmente inventado pero, por alguna razón que aún no he logrado desentrañar, siempre me ha parecido uno mis relatos más verosímiles. En todo caso, fue el primero que se ganó una critica profesional favorable por sus propios méritos. Decorados se basa en una noticia leída en el autobús camino de la oficina y me alivió más de una jornada de desesperación burocrática.

La siguiente colección se llamó “Cuentos de uno y otro lado” por la sencilla razón de que la mayoría suceden en ambas orillas del Atlántico, y la no menos sencilla de que lo real y lo fantástico se funden en la misma trama. Entre el mil novecientos noventa y siete y el dos mil envié varios de ellos a dos o tres concursos literarios y tampoco pasó nada. Las distancias del crimen son dos historias unidas nada más que por la lectura que, al borde de la muerte, la protagonista de la segunda hace de la primera; lo curioso es que la historia real es la primera y el personaje que la lee puramente ficticio. ¿También viaja usted a Washington? y Lágrimas de cocodrilo comparten vivencias americanas y sobresaltos personales. La mujer con el altarcillo mágico y el taxista de extraño tatuaje del primero son reales; como lo es la historia del accidente aéreo, aunque no ocurrió de ese modo. Nada puedo añadir sobre la conversación que originó el segundo: no sé si sus protagonistas podrían.

El gafe, Luz interior y Secuestro de una noticia son ejemplos de “Cuentos Compartidos”, que podríamos definir como cuentos escritos a cuatro manos, pues lo están siguiendo todos una misma técnica: un amigo, un familiar o un conocido me contaba una historia, yo la escribía, se la daba a leer y, a continuación, él o ella me la comentaba. Yo incluía después sus comentarios, cerraba la versión definitiva y se la dedicaba. Calculo haber escrito doce o quince de estos cuentos y todavía no sé si quién se ha divertido más: si yo escribiéndolos o sus destinatarios finales leyéndolos y criticándolos.

En Jackson Square y Cosas que pasan la literatura y los viajes, dos tentaciones que me vencerán siempre, compiten por el protaganismo con los protagonistas. Dicen que recordar es un cuento compartido especial porque no es divertido o sorprendente sino dramático, y se trata de una historia auténtica que su propietaria vivió, como sólo pueden vivirse este tipo de historias, a hielo y lágrima, antes leerla. Su comentario inmediato fue que le había ayudado a seguir llorando y yo lo tomé como mi mejor crítica.

Henley decía que un buen libro debe sostenerse solo. No me considero el más indicado para juzgar éste. Sólo puedo decir que escribirlo mereció la pena. Pues estos cuentos me acompañaron durante crisis vital arrasadora, me regalaron ratos inolvidables, fueron testigos de un gran amor y no me hicieron perder ningún amigo. Y como nunca – hasta ahora – pretendí editarlos, no me generaron ni angustias ni deudas.

Ojalá el lector se sienta tan recompensado leyéndolos como yo escribiéndolos.

Prólogo:

No hay escritores jóvenes y viejos. Los hay buenos y malos. Cuando uno se sienta a leer los trozos de vida que otro ha ido dejando clavados en las páginas, no recuerda al escritor ni aunque sea su hermano. Si es un buen texto.

La petición de prologar estos cuentos me ha provocado un arrebato de pudor una vez leídos. Cierto es que también de alivio. Me siento aliviado porque anuncio una soberbia colección de relatos. Siento pudor porque no hay nada que yo pueda añadir a lo que aquí se desgrana, a esa larga descripción de personajes llenos de carácter que han sido construidos con la sabiduría de quien mira a los demás para aprender algo. Con eso y con la sabia escritura de quien ha leído tanto como para que se le olvide preguntarse cómo hay que escribir algo. Eso también forma parte de lo que define a un buen escritor.

Las historias aquí reunidas tienen algunas virtudes más: se distancian del vicio español de presentarnos personajes que tienen que interesarnos por su carácter cosmopolita o por su personalidad entrañable. Por eso son cosmopolitas, y por eso podemos sentirnos enternecidos al leerlos. Porque se desarrollan solos a través de la historia, sin que Alberto Infante tenga que decirnos que estamos obligados a conmovernos con ellos o a asombrarnos de su calidad humana.

Un imbécil diría que estamos ante un escritor de sorprendente madurez. Pues no. Se trata de un escritor al que no conocíamos. La madurez de la escritura deja de sorprender a la cuarta línea. Nos encontramos ante un escritor que sabe lo que se hace. Que ha visto, que ha vivido de la manera que sea su vida y la de otros, que tiene una mirada particular, suya, cosa que sólo se consigue cuando uno hace este oficio para disfrutarlo (cuando yo oigo decir a un escritor que sufre con su trabajo siempre le aconsejo que vaya a picar a una mina).

Infante me ha hecho disfrutar leyendo sus relatos. Eso sólo lo consigue alguien que goza escribiendo. En este oficio no hay ni impulsos superiores ni talentos sobrenaturales. Hay vocaciones de contar, ganas de mirar afuera y horas de culo. Infante ha estado muchas horas escribiendo antes de publicar. Pero eso a nosotros nos da lo mismo. Gracias por estas horas.

por Jorge Martínez Reverte

Contraportada:

Dicen que recordar» (ed. Ex libris, 2003). Los doce relatos de este libro tejidos a lo largo de los últimos dieciséis años, de Almería a Washington, de Guatemala a Nueva Orleans, del mar Caribe al mar Rojo, cubren el mapa físico y mental del autor y de aquellos que, voluntaria e involuntariamente, han contribuido a su elaboración.

Si estos cuentos necesitaran una moraleja sería que nada supera a la realidad salvo la realidad misma. Y que para reconocerla tan sólo hace falta tener los ojos y los oídos bien abiertos pues no hay mejor gimnasia en el vivir que la que nos flexibiliza por dentro y nos abre el ánimo, haciéndonos cada día más receptivos a lo humano, más capaces de amar, más serenos incluso cuando nos indignamos.

Presentación de “Dicen que recordar” (ed. Ex Libris, 2003)
Madrid, Ateneo (4 de noviembre de 2003)
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Presentación de “Dicen que recordar” (ed. Ex Libris, 2003)
Getafe (6 de noviembre de 2003)
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Presentación de “Dicen que recordar” (ed. Ex Libris, 2003)
Bilbao, Casa del Libro (21 de noviembre de 2003)
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Presentación de “Dicen que recordar” (ed. Ex Libris, 2003)
Toledo (22 de abril de 2004)
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Presentación de “Dicen que recordar” (ed. Ex Libris, 2003)
Washington (28 de julio de 2004)
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Editorial Ex Libris – http://www.exlibrisediciones.com/

0 comentarios en “Dicen que recordar (2003)”

  1. Ángeles Fernangómez

    Alberto, estoy deseando leer narrativa tuya (y poesía también, claro), pero no sé si te lo he dicho -y si no te lo digo ahora- yo no sé elegir si me gusta más la narrativa literaria o la poesía. Me gustan las dos cosas. Voy a «fisgar» por tu web y ver si se puede comprar a través de ella. Si no, me encantaría comprar estas narraciones, tengo la sensación de que voy a disfrutar muchísimo con ellas.

  2. Alberto, soy la hermana de Maite Villen y me encanta tu blog del cual soy seguidora. Hace años me dedicaste el Libro de relatos «Dicen que Recordar» que me leí enterito, siendo el que dá titulo al mismo el que mas me gusto e impactó. Ahora al cabo de muchos años y dentro del contexto de un taller de narración oral, lo he elegido para contar ya que me emociona el ritmo, la cadencia de las imagenes, las reflexiones, la exquisita sensibilidad que tiene y su tremendo final. Queria agradecerte el placer que como lectora me has proporcionado con él y decirte que he disfrutado enormemente al poder llevarlo y hacerlo mas vivo en el campo de la narración oral, si bien en este proceso alguna lagrima de emoción mía se haya vertido.
    Un abrazo y gracias por tu relato.

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