Fobias

(Para Isabel y Martín)

Estábamos tomando el té en el salón de la casa de Nuria, en la calle del Ferrocarril, y hablábamos de nuestras cosas. Entre ellas, de un viaje que pensábamos hacer el mes siguiente a una comarca del sur de Navarra célebre por la aridez del paisaje y la abundancia de cuevas. Celia, Maravilla y Jesús habían estado allí la primavera anterior y aquél fue el momento elegido por la claustrofobia de Maravilla para ponerse intratable.

A Maravilla no le gustó el modo cómo Jesús había contado lo sucedido. Le reprochó su insensibilidad, su escasa comprensión del problema, y yo aproveché para indagar sobre los detalles de la fobia.
Ella explicó que había comenzado poco a poco, al inicio de la menopausia, y que había ido empeorando a medida que ésta avanzaba, hasta el punto de obligarla a consultar a un psicólogo. ¡A ella, que siempre había desconfiado de psiquiatras y psicólogos y odiaba ese tipo de cosas! De todos modos, llevaba cuatro o cinco sesiones y se declaraba satisfecha de los progresos realizados.

– Durante la pasada Semana Santa, en Sevilla – dijo – me quedé bloqueada por el gentío que abarrotaba el puente de Triana esperando la salida del Cachorro hasta que una amiga, que ya ha pasado por esto, me echó una mano. “Recuerda – me gritó- que el puente tiene cuatro escaleras de emergencia a cada lado: hay escape, así que no es un “lugar cerrado”.

Por raro que parezca, la frase de mi amiga me llegó nítida y clara en medio del barullo y fue suficiente para que pudiera atravesar la multitud y llegar al otro lado. Cuando lo logré, me sentí como Hillary y Tensing al coronar el Everest. De todos modos – concluyó – aún no puedo subir en un ascensor: ni siquiera en el de mi trabajo; ni siquiera acompañada. ¡Y mi oficina está en un décimo piso!

Le dije a Maravilla que su fobia me parecía de buen pronóstico y que subir andando diez pisos todos los días es algo estupendo para la salud. Pero no dije nada más porque en ese momento Celia empezó a relatar el primer día de la vuelta al trabajo de Imperio, una amiga de una amiga, enferma de agorafobia.

– Se bajó del coche apoyándose en el capó para cerrar la puerta y llegar a la acera; caminó hasta la entrada agarrándose a los árboles, a las farolas y a los bancos como si temiera caerse, y luego dio dos o tres pasos muy lentos, como si le pesase el cuerpo, y llegó hasta la fachada del edificio con un brazo extendido como quien necesita tocar cuanto antes algo consistente y sólido, y se fue caminando pegada a la pared y de espaldas a la calzada hasta que llegó a la entrada. Siguió así por todo el vestíbulo hasta llegar a los ascensores y se apoyó en los botones de llamada como quien llega por fin a puerto tras una terrible tempestad. Entró acariciando el marco de las puertas, y hasta el momento en que éstas se cerraron mantuvo la vista baja, como si temiera levantar la cabeza, como si no pudiera apartarla del suelo. Mi amiga – concluyó Celia – me dijo que su amiga le había dicho que fue la cosa más angustiosa que había visto nunca.

Esa noche, ya en la cama, mi mujer y yo repasamos nuestras respectivas fobias. A las arañas y a los precipicios, ella; a las avispas y las abejas, yo. Poco antes de dormir, la imagen de una Ana a quien yo no conocía contorsionándose contra la fachada del edificio donde trabajaba como una empleada más hasta hacía tres meses, me visitó de nuevo.

Pero no vino sola sino mezclada, confundida a ratos, con otra que yo tenía casi olvidada desde la infancia y era la de las anguilas que se pescaban en las acequias de El Saler para guisar con ellas el típico all i pebre huertano.

La anguila es un pez en forma de serpiente, feroz y sanguinario, cuya biología es todavía mal conocida y sobre el que desde la más remota antigüedad circulan numerosas leyendas. En todo caso, es un animal inteligente que no se deja pescar con facilidad y, mucho menos, matar sin ofrecer resistencia. Decapitarlas es tan solo el primer paso. Para guisarlas hay que trocearlas y en mi imaginación infantil se quedaron para siempre las imágenes de aquellos pedazos de anguila recién cortados cuya capacidad para contorsionarse duraba bastante más que lo que se tardaba en echarlos a la cazuela. De modo que los primeros minutos del hervido eran lo más parecido al caldero de un curandero medieval, humeante, un punto pestilente y con los trozos de anguila buscando desesperadamente la salvación en la huida, muy a la ibérica, cada uno por su lado.

Cierto día, uno de aquellos pedazos se retorció lo suficiente para saltar del caldero al que acababa de ser arrojado y caer al suelo, y mi abuela, que tenía las manos ocupadas pelando patatas, me pidió que lo recogiera y lo echara otra vez dentro.

Me quedé paralizado viendo aquél pedazo, yo no sabía si de carne o de pescado, saltando sobre las baldosas con vida propia y no fui capaz de hacer nada. Ni siquiera cuando en una de sus desesperadas contorsiones aquel pedazo de pez, cálido y humeante, me rozó las puntas de los dedos del pié izquierdo desnudas bajo mis sandalias, y yo sentí que un ser de ultratumba, engañoso y taimado, me tocaba desde las profundidades del averno.

Mi abuela me miró, miró el trozo vivo de anguila, me miró otra vez, y no dijo nada. Se secó las manos en el largo mandil de cocina, vino hasta donde yo estaba, se agachó, tomó el trozo de anguila con una mano, lo levantó hasta la altura de mis ojos y, como si me estuviera leyendo el pensamiento, dijo:

– Está muerto ¿ves?… Aunque se mueva, está muerto – y siguió agitando aquél repugnante pedazo de carne, o de lo que fuera, frente a mi cara –  ¿Y sabes por qué? Porque está separado de la cabeza.

Mi abuela me revolvió entonces el cabello con su otra mano y exclamó:

– Cuida bien tu cabeza hijo, y estudia. Los pobres sólo pueden confiar en su inteligencia – Y luego, con un gesto muy suyo, mezcla de sabiduría y resignación, añadió: – Y recuerda: No es de los muertos, sino de los vivos de quienes hay que tener miedo.

Siempre he recordado la frase de mi abuela y, también, que durante varios meses aquel trozo de anguila contorsionante me torturó los sueños. Nunca más probé el all i pebre. Pero lo más curioso de esa noche en mi cama de adulto no fue recordar lo que recordaba sino la lúcida, inapelable convicción de que si yo alcanzaba a tocar la espalda de la colega de la amiga de la amiga de Celia mientras ella se aferraba a las paredes y a los objetos que la protegían de su fobia, una extraña energía (fría y húmeda como la carne de anguila), cuyo origen no era yo sino aquél pedazo de carne muerta y todavía viva, brotaría de mis manos y la curaría.

Alberto Infante.

0 comentarios en “Fobias”

  1. Celebró y te felicito por tu nuevo hijo que tan generosamente compartes
    Espero enterarme cuando lo presentes en Madrid
    «Fobias» invita a adquirirlo

    Enhorabuena

    JJRS

  2. Me ha oparecido de una sabiuduría narrativa extraordinaria. Es de una versatilidad sibilina y nos lleva por donde él quiere sin que`podamos ofrecer resistencia. ¡Qué carota! Además resulta tan didáctico que es curativo. A mi me recuerda a las épocas de mi infancia de niña delgadita, a la sobrealimentación con camuflaje, cuando te perseguían con una cucharada que contenía todo: espinacas, hígado, yemas y supongo que hasta leche condensada. Así son los cuentos de Alberto, como si cada uno incorporase todo lo que quiere decirnos. pues, a pesar de todo, vamos a leer y a asimilar la serie completa, y las que ¡la providencia lo propicie! nos siga regalando con su imaginación generosísima y delicada.

  3. Enhorabuena por tu nuevo libro y gracias por el momento de ternura que he tenido al leer tu relato y revivir cierta época de mi infancia. Estoy deseando leer tu libro. Aprovecho para felicitarte la navidad y desearte a ti y a todos los tuyos lo mejor para el próximo 2.009.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *