Voz

(Para Paloma Soria)

Y entonces surge: no en lo alto de la colina
o entre las bóvedas de una iglesia,
sino como algo que viene, y dura,
y está junto a lo que se mueve, ella también,
sólo que más despacio. Pues hay un pensamiento,
una nota exacta en el silencio
de la mente, un hablarle a los pájaros
bajo su propia piel, acurrucada de niña,
deteniéndose y avanzando. 

¿Qué la hizo brotar, tentarme
con esta vibración de aire a fondo?
Escucho, me dejo elevar, miro cuanto nos rodea.
Miro dentro, y el temblor suena a semilla,
a abedul perfumado por una luz extraña.
Es la onda en sí, y su expresión más pura.

Fuera, marzo desgarra alas y hojas
pero aquí el silencio es música.
Nos rodean su sed y su hambre,
sus cascadas de pie desnudo,
su milagro de voz, corporal y abierta
como las planas colinas del color de la miel,
el agua hecha piedra, o los enjambres de casas
dorándose sobre los barrancos.

(Y arriba, la Ciudad Vieja,
los órganos y las torres,
los callejones repletos,
las jóvenes en los balcones,
los titiriteros y los feriantes…)

Voz con más paciencia que tú,
pero que eres tu donde no hay ni después, ni ahora,
ni adiós, ni hasta luego… Tú,
con tu presencia y tu ausencia,
y esa furiosa contención que brota
donde menos se la espera.

Esa es tu voz: síguela. Ella te habla,
te acaricia, te entrega.
En la primavera de Madrid
ninguna imagen es sólo imaginaria.

Alberto Infante (Diario de ruta, 2006)

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