Sudacas

Yo acababa de entrar. Quería comprarle unos aretes a mi novia. Unos aretes sencillos, de plata sobredorada. Había estado tres meses ahorrando para comprárselos.
Ellos eran dos. Si había otro más fuera, esperándolos, yo no lo vi.
Dos muchachos jóvenes, a cara descubierta. El más alto entró ya con la pipa en la mano. A la dependienta y a mí nos empujaron a la trastienda y allí nos encerraron.
No hablaron mucho. Tan solo un par de frases, y los gritos al joyero para que abriera la caja. A mí me dio un vuelco el corazón. Era el acento de mi pueblo. El veritito aire de la Alta Verapaz. Yo creo que con las prisas ni se fijaron porque sólo con mi aspecto…
La dependienta era una muchachita muy linda y muy joven. Todo se le iba en decir: – Ay, Dios mío. Ay Dios mío. Y luego hipaba. Como si le faltara el aire. Yo le cogí la mano y le hice una seña para que se callara. Pensaba: – Les hemos visto la cara. Lo mejor será que se olviden de nosotros.
Luego hubo un ruido corto y seco, seguido de un estruendo de gritos, golpes y cristales rotos. Después hubo unos cuantos gritos, más lejanos. Luego silencio. Y luego voces, esta vez acercándose. Entonces golpeé la puerta y grité: – Estamos aquí. Vengan a sacarnos.
Nos sacaron. Un policía gordo y con bigote nos preguntó si estábamos bien. Nos llevaron hasta una furgoneta grande. Al salir, vi los pies del joyero sobresaliendo del mostrador. Había un gran charco de sangre.
Nos lo preguntaron todo una y otra vez. La dependienta seguía diciendo ¡Ay, Dios mío!, cada poco.
Lo apuntaron todo. Nos hicieron firmar. Nos llevaron a casa. Me dijeron que no saliera de Madrid, que seguramente el juez querría hablar conmigo.
Esa noche me la pasé soñando con los cielos azules de mi país, con las altas montañas de Verapaz, con las sendas y trochas de mi infancia. Con mi familia. Con mis amigos. Con mi novia. Ella está ahora allí. Yo quería que los aretes fueran una sorpresa, dárselos cuando regresara.
A la mañana siguiente, en el bar donde desayuno tenían la televisión puesta. Estaba tomando mi cafesito cuando escuché la noticia. Levanté la vista y lo vi todo. También vi que los parroquianos levantaban la vista y miraban.
Vimos el interior de la joyería y los vimos a ellos. Vimos como nos amenazaban y nos empujaban a la trastienda. Les vimos golpear al joyero y obligarle a abrir la caja. Vimos como rompían dos o tres vitrinas y les vimos coger algunas joyas. Vimos como el joyero intentaba resistirse. Y a uno de ellos dispararlo casi a quemarropa. Lo vimos todo en blanco y negro. El joyero, harto de que lo atracaran, había instalado la cámara el mes anterior.
El comentarista dijo que los asaltantes tenían acento sudamericano.
– A esos los trincan en un par de días – dijo el camarero.
– Y en una semana están otra vez en la calle – añadió un parroquiano.
– Sudacas tenían que ser. O negros. O moros. Tanto da – dijo otro. Nadie dijo nada. Y entonces, envalentonado, añadió: – Cuando no es una joyería es una farmacia. Y si no, un supermercado. Se están pasando de la raya. Si a mí me dejaran, ya les daba yo a ésos. Se iban a enterar.
Fui a decir algo pero el camarero, que me conoce, me hizo un gesto con la cabeza. Había siete hombres en el bar. Dos albañiles, un repartidor, un conserje y un taxista. A éstos los conozco de vista. También había otros dos a quienes no conocía de nada. Ni el camarero quería líos, ni yo hubiera tenido a nadie a mi favor.
Le hice caso. Pagué el café y salí. Sentí sus miradas sobre mí cuando salía. Desde entonces no me siento bien. Sé que era lo más prudente. Pero no me siento bien. Llevo tres años en Madrid y me han llamado sudaca muchas veces. Pero nunca me había sentido así. No creo que a mi novia le cuente nada de esto.

Alberto Infante (Pequeños cuentos mestizos, 2005-2007)

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *