El violinista

Llegó una tarde y se puso a tocar al otro lado de la calle. Alto, maduro, bigote cuidado, ropas que alguna vez fueron buenas. «Toca bien» me dije «Demasiado bien, para un músico callejero».

Desde entonces vino una tarde sí y otra también. Brahms, Mendhelson, el último Beethoven acentuaban la melancolía de los últimos días del verano. Yo abría ventana para escucharlo mejor.

Un día, aprovechando que iba a un recado, crucé la calle y eché unas monedas en el estuche abierto a sus pies. Me dio las gracias. Tenía acento porteño, quizá uruguayo. «No es ruso. Ni siquiera lituano» pensé «Pero su porte es distinguido».

Me dije: «Seguro que tiene una historia». Me propuse hablar con él. Me dije: «Debo meditar cómo acercarme, hacerlo con calma. Podría invitarle a tomar un café y decirle la verdad: me interesa su historia, cómo alguien como usted… Aunque» me dije «eso suena muy forzado. Debo evitar parecer demasiado brusco. O entrometido. O muy apresurado»

La semana siguiente una ráfaga de viento sembró el asfalto de hojas amarillas. Era un viento fresco y presagiaba lluvia. El verano había sido largo y el otoño se adelantaba.

Me asomé a la ventana lo vi en su sitio de siempre. Pero no tocaba. Tenía en violín en una mano y el arco en la otra, pero no tocaba: miraba las hojas. Estuvo mirándolas un buen rato.

Movió la cabeza a un lado y a otro. Guardó el violín y el arco.
Cerró el estuche.

Luego se alejó calle arriba y se llevó con él su historia y su música.

Alberto Infante (Pequeños cuentos mestizos, 2005-2007)

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