Avenida de Badajoz

Severiana vive sola, sale sola, hace todo sola, tan delgada, y tan alta, y tan bien vestida, viuda desde los ochenta, es la mayor, la veterana en el barrio, cumplió 96 en marzo, ¡a quien se le diga!, aquí se mudó cuando todo eran baldíos y lotes «y ahora mire usté, tan apretado que ya ni se cabe», esta Severiana es de buena familia, me digo, por cómo viste y dónde vive, aunque ella apenas da detalles, pero se le nota en los modos, esas cosas… luego está Eloísa con 92 no sé si cumplidos, hoy le vino la hija, a veces le acompaña a la peluquería, o a alguna comprita, «aunque la mayoría de las veces voy yo, me apoyo en el carrito y así no me caigo», no, las piernas bien, pero ya la vista…», su dolor es su hijo, paralítico desde los 40, «un tiarrón que no cabe por esa puerta… un accidente…y no sabe cómo le cuida mi nuera, es que se desvive» tiene un nieto ya con 51, y dos bisnietas liadísimas, alguna vez han venido… también está Otilia, cumplió 88 hace un mes, ya le va costando caminar, hace un año se rompió la cadera, nunca habla de su familia, ni sabemos si tiene, es la que menos habla, Lidia, que es de Pereira y lleva aquí tres años, la cuida desde hace dos, Lidia recién se echó un novio, también colombiano, y ahora vive realquilada con una hija de veinte que también se vino, y ella anda buscando casas por horas para completar «hasta que Mariele encuentre pues si no, ni modo», a veces le masajea a Otilia las piernas, y le habla oído que lo tiene bien duro… y también está Marisa que aún tiene marido, «el pobre ya muy tocadito, aunque dicen que no es Alzheimer a mí me parece como si lo fuera», tan orgullosa ella de sus hijos «ni un día pasa sin que vengan a verme», y de sus nietos «buenos chicos y todos ya muy encauzados, aunque el pequeño de mi hija todavía…», la cabeza le funciona muy bien, no comprendo porque está siempre tan triste, es lo que yo digo «tiene usted casa, y pensión, y familia que la quiere, y ha visto crecer a sus hijos y a sus nietos», entonces ella me mira y dice «tiene usted razón, pero es que…» yo creo que es porque en noviembre perdió a su único hermano, desde entonces la veo muy venida a menos, y por fin está doña Espe, la pobre siempre con el oxígeno, que se ahoga si no, y eso que es la más joven, ni ochenta todavía, llevo con ella casi desde que llegué de Quito, no paga mucho, ocho a la hora, pero es buena gente, ahora tengo algo a la vista, una sanduichería, dicen que es duro pero pagan mejor, y además te arreglan los papeles, total que cuando nos juntamos todas en los bancos, ellas hablan de sus cosas y yo converso con Lidia de Pereira, de Quito, de la hija que se le vino y de los que se le quedaron allá, y también de ti, yo le digo que quiero traerte y ella dice que espere a tener los papeles, y hablamos de nuestras madres, de nuestros hermanos, y de los hombres, esta Lidia es chévere, como dicen los colombianos, dice que los hombres para un ratito bien, pero de seguido para qué, «yo a mi novio de ahora se lo dejé bien clarito: de casar nada, tu en tu casa y yo en la mía, que bastante trabajo ya cuidando viejas como para ocuparme también de ti», me gusta ver a estas señoras, haciendo su vida tan mayores, tan sin hombre al lado, el otro día me lo decía Marisa, la única con el marido vivo «es que yo con él ya no puedo casi hablar… este rato aquí para mí es mejor que cualquier pastilla».

Alberto Infante (Pequeños cuentos mestizos, 2005-2007)

0 comentarios en “Avenida de Badajoz”

  1. no he leido nunca ni uno solo de tus libros. creo que nunca es tarde si la pizza es buena…jajajaja,este no relato no me ha gustado y te lo imaginaras, no puedo creer que dentro de tu ocupada cabez guardes sitio para todos, no lo parece. un abrazo

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